Hay alimentos que me trasladan a mi infancia de inmediato. Es probarlos y teletransportarme mentalmente a otro tiempo y espacio.
Me pasa con la horchata, que curiosamente me transporta a Jaca, ya que allí la probé por primera vez cuando era pequeña, acompañando un Jaqués, y se convirtió en mi bebida favorita de todos los veranos que allí pasé.
Me pasa con los polos de chocolate (hoy muy difíciles de encontrar) que cada vez que consigo hacerme con uno siento que soy otra vez chiquitita y que acabo de comprarlo por 50 pesetas en un kiosko que había en la Calle Real de Villalba (y que no sé si aún seguirá funcionando).
Ay. Qué maravillosos los polos de chocolate.
También me pasa con la leche merengada, que me traslada a las vacaciones en Umbemendi, con mis tías y mi abuela, donde mi hermano y yo bebíamos los litros y litros que preparaba mi tía Lourdes.





