Cuando era pequeña, la bebida oficial del verano en mi casa era la limonada.
Mi madre exprimía bolsas y bolsas de limones y, con una buena dosis de agua y kilos de azúcar, preparaba la mejor limonada del mundo mundial.
Recuerdo cómo bebíamos litros y litros al volver de la piscina, tras salir a jugar al parque, con la comida, con la merienda, con la cena... Sin limonada casera, el verano no era verano.

